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Érase una vez…

Es una noche gélida en Madrid, con una nevada como no se recuerda otra en décadas y, ante el teclado de mi ordenador, los recuerdos piden paso a modo de quitanieves de emergencia. ¿Se acuerdan de la serie de dibujos animados Érase una vez…el hombre? Yo tendría unos 7 u 8 años. Era un niño que comenzaba a comprender las costumbres españolas, tras haber llegado con cinco años desde Italia, contaba con mis primeros amigos e iba al Liceo Italiano para no perder el bilingüismo, además de estudiar música en una vieja academia cercana a Ópera, adornada con papel pintado y unos viejos sillones raídos en la sala de espera, un ambiente que no invitaba para nada al estudio del bello arte musical.
Esa serie, así como el mítico Un, dos, tres de Chicho Ibáñez Serrador, 300 millones, un programa musical ideado para todo el ámbito hispano, o Barrio Sésamo y sus muñecos, eran algunos de los entretenimientos que se podían ver en casa de mis abuelos, en una pequeña televisión en blanco y negro con solo dos canales nacionales. Al llegar la noche, salía la familia Telerín para decir que los peques nos fuéramos a la cama porque empezaba la programación nocturna, con programas considerados de dos rombos –¡ay qué nostalgia!–. La cosa se volvía complicada de controlar para los abuelos para que yo no viera ciertas emisiones, dado que tenía que esperar a mi madre a que me recogiera en su casa a unas horas no aptas para menores de 18 años, ya que terminaba tarde de trabajar y mi padre también era noctámbulo por la demora en el cierre del famoso restaurante Casa Gades, lugar de culto culinario del Madrid de la Transición y la Movida.

Nuevo trabajo

Mi madre, Ángela, Ángela Santos, había conseguido trabajo, tras aterrizar en España de nuevo, en un centro de belleza de la calle Cea Bermúdez, llamado Duque.
– “¿Ah es que tu madre es peluquera o maquilladora?”- me preguntaban mis amigos. – “Es profesora de danza”
– “¿De danza? ¿En un centro de belleza?”
Pues sí. Todo empezó en octubre de 1975. En ese magnífico centro, donde las señoras se retocaban los rulos, compraban perfumes caros y se hacían tratamientos de belleza con cremas psicodélicas, necesitaban una persona que diera gimnasia de mantenimiento a esas mismas señoras u a otras de la misma cuerda. Nadie podía imaginar que una pequeña sala de apenas 30 m2 se convertiría en la primera piedra de un enorme proyecto que se ha desarrollado con enorme éxito a lo largo de cuarenta y cinco años y que ha culminado, tristemente, a finales de un aciago 2020. Porque eso es lo que ha sucedido: la serie de dibujos de mi infancia se ha convertido en Érase una vez…la escuela de danza Duque de mis recién cumplidos 50. “C’est la vie” que dirían los franceses. Ya, pero pienso que, a veces, la vie se muestra poco agradecida, menos estilosa y demasiado interesada.

Una historia de muchos años

Cuarenta y cinco años dan para mucho en lo muy bueno, lo bueno, lo regular, lo malo y lo muy malo, y no seré yo el que los pueda resumir con detalle cervantino en apenas unos renglones. Tampoco seré yo el que tenga que ensalzar la figura en este caso de mi madre porque lo contrario sería faltar a la verdad y lo normal sonaría a intereses creados como los de D. Jacinto Benavente. En todo caso, habría que citar también la figura de D. Julio Duque –me parece evidente– quien con su alma empresarial decidió que lo de la danza podía ser, en su momento, una mina de oro y confió en las ideas de alguien que sabía para lograrlo. Y para ello se lanzó primero a ampliar el cubículo del centro de belleza y posteriormente a comprar (y es literal lo de comprar) un garaje para diseñar una de las mejores escuelas de danza de la capital, inaugurada por la gran Maya Plisetskaya en 1989. Lo que sí puedo hacer es recordar lo que ha significado esa escuela en el mundo dancístico y cultural de Madrid, a veces demasiado apresurado, deslavazado y olvidadizo. Una ciudad en la que hacerse un nombre, un hueco, un distintivo en lo artístico no es nada sencillo por la abundancia en la oferta y la exigencia en la demanda, además de la inevitable, en muchos casos, presencia de lo mediocre o lo esperpéntico en lugar del predominio de la excelencia porque… “de todo hay en la viña del Señor”.

Cuarenta y cinco años de festivales de fin de curso, de preciosos teatros, de miles de alumnos y alumnas, de giras artísticas, de padrinos de honor, de primaveras culturales, de clases magistrales, de apoyo a los chicos y chicas con discapacidad intelectual, de risas y lloros, de amistades y celillos, de periódicos y televisiones, de Ferias de Abril y Carnavales…de tantas y tantas emociones, recuerdos, momentos. Los seres humanos nos guiamos por ser seres sociales. Desde pequeños nos enseñan a relacionarnos porque somos individuos dentro de un colectivo y eso es lo que siempre estuvo presente en la filosofía de la escuela: un conjunto de seres humanos que desfilaron por el centro, que sumaron y no restaron. Unos más, otros menos, unos mejor, otros peor, pero navegando en la misma dirección. Y ese fue el éxito. Durante muchos años con un capitán de barco experto, decidido, que arrastraba con su personalidad a sus marineros y les convencía de que no abandonaran nunca el barco y en los últimos años con una responsable, Pilar Duque, que se formó durante años junto al capitán en su misma cabina, pero que de forma humana y natural, aunque creo que equivocada, quiso diferenciarse, imponer sus ideas, su forma de ser, elementos con los que finalmente no ha sabido o no ha podido contener las diferentes entradas de agua -–¿económicas, legales, profesionales, víricas…?– que han acabado por hundir el navío. Una verdadera lástima: un capital humano, económico y artístico tirado por la borda y, lo más lamentable, sin explicación de ningún tipo.

Aprendizaje

Como he dicho casi al comienzo es imposible resumir tantos años de historia en un post. Nombrar a alguien o no nombrarlo se podría resumir en el dicho de “no son todos los que están ni están todos los que son”, que me viene como horma al zapato para evitar que a los que nombrara se sintieran felices y a los que no, agraviados y enfadados de por vida con un servidor (también es humano, aunque nunca lo he entendido, pero…c’est la vie). Desde aquí mi afecto y mi agradecimiento a todos, sin excepción, por haberme hecho partícipe de esa familia durante tantos años, aunque yo no fuera bailarín, ni pianista, ni pintor de decorados, ni palmero, ni tantas otras muchas cosas que las hacía porque me lo pasaba bien y aprendía cosas. Porque me lo he pasado muy bien viendo clases de ballet, escuchando a pianistas, bailando sevillanas, grabando videos, conversando con gente no solo de mi edad, sino más mayores y más pequeños. Por suerte, he aprendido mucho de la gente de Duque, de alumnos, de profesores, de personajes famosos que pulularon por allí, de padres y madres, de la gente de secretaría, de personalidades de diversos ámbito de la cultura, de AMIGOS que ya no están entre nosotros, de peluqueros, de maquilladores… de mi madre y su forma de dejarse la piel (a veces a costa de su salud), de su trabajo y su modo de organizar todo un capital humano y artístico que en ocasiones llegaba a ser apabullante, de mi padre y su paciencia y cariño hacia todo el mundo que rodeaba la escuela, y, claro, de mis abuelos y de esos programas de una televisión en blanco y negro que quizás no hubieran existido si no hubiera existido la Escuela de Danza Duque.

Mantengámos el recuerdo

El mundo está sufriendo un vuelco vital de consecuencias sin precedentes. Parece que nada será como antes. Todos nos dicen que la “bendita” normalidad que teníamos no volverá a repetirse. Desde luego, si pensaban en el futuro de esta escuela, acertaron de pleno. No será más Duque. Ahora ya luce un nuevo cartel absolutamente premonitorio: “Escuela 180”. La “nueva normalidad” ha abierto el portón de entrada girándolo en sentido horario para dejar abierta una de las hojas en el extremo opuesto. Mis mejores augurios a los profesionales que han decidido apostar por un nuevo proyecto. La vida sigue, no sé como. No sé si mejor o peor que hace apenas unos meses, pero sigue. Y, con nuestras virtudes y nuestras debilidades, debemos mantener vivo el recuerdo de lo que ha significado este centro. Debemos seguir disfrutando de la danza, de la música, del arte, de la vida con nuestros hijos e hijas, con nuestros mayores, recordando muchas de las lecciones de vida que hemos ido coleccionando a lo largo de más de cuatro décadas. Debemos seguir en contacto, respetándonos y queriéndonos porque no han sido unas horas, unos días o unos meses….ha sido casi medio siglo de vida. Y que las personas que han precipitado su cierre reflexionen que han perdido una gran oportunidad de salir por la puerta grande de la credibilidad y la sinceridad: quizás hubiera sido el final más digno para una trayectoria intachable.

Cierro esta página

La madrugada helada de un Madrid teñido de blanco parece querer arroparme con su manto. Mañana será otro día. Mis hijas me han preguntado, antes de acostarse y seguir soñando con la nieve, qué es lo que estaba tramando sobre un folio blanco virtual. Les he contado, en resumen, algunas de las historias y anécdotas del lugar, de las que ellas también fueron, en cierto modo, protagonistas al iniciarse con sus primeras zapatillas y maillots en el fascinante mundo del ballet.
Un lied de Mahler suena en los auriculares. Es la señal de retirarme. Apago el ordenador, recojo mi mesa y mis apuntes y al pasar por la habitación de mi hija pequeña veo que se ha quedado dormida al albor de un libro: Érase una vez…el hombre.

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