En la vida uno se encuentra por el camino con personas que te dejan huella bien por su personalidad, por su bondad, por su profesionalidad, por su amor, por su sabiduría… Lo fundamental es saber discernir que el momento en que esa o esas personas se cruzan en tu camino, es único e irrepetible y que no debes dejarlo escapar por nada del mundo porque, muy probablemente, será un eslabón decisivo entre tu pasado, presente y futuro.
Algo similar me ha sucedido en muchas ocasiones y, por suerte, sus protagonistas han entrado a formar parte de la galería de mis “personajes favoritos”, de mis relatos inolvidables que, año tras año, se guardan en la mochila de los apuntes que conformarán el libro final de mi vida.

El 9 de marzo

El pasado día 9 de marzo salí a pasear por las calles de esta inmensa y bellísima urbe, llamada Madrid, y en un determinado momento me encontré a la vuelta de la esquina con dos genios de la danza que se fueron hace unos años sin más, sin tiempo de despedirme, sin estridencias, porque el destino de la vida así lo quiso: el Maestro José Granero y Fernando Bujones. Sus siluetas alargadas y gesticulantes se acercaban al cruce de dos de las avenidas más grandes de la ciudad, mientras yo, algo confuso, caminaba intentando esquivar con mi mano el sol pimpante de una primavera anticipada. El día, muy señalado en mi calendario de sentimientos por ser el cumpleaños de ambos, invitaba a recordar momentos y anécdotas de todo tipo vividas junto a ellos: el montaje de Medea, la despedida de Fernando en el Metropolitan de Nueva York bailando Giselle, las conversaciones con el Maestro en alguna de las cafeterías cercanas a los teatros en los días de estreno, la asistencia de ambos a mi boda, el viaje a Córdoba y Granada en un Renault 5 con Fernando y su esposa, María…

– ¡Maestro, Fernando! ¡Qué maravillosa sorpresa y qué placer veros de nuevo!
–Igualmente, querido.
–Precisamente, hoy que es vuestro cumpleaños, venía pensando en momentos irrepetibles, vividos juntos y…me encuentro con vosotros. ¿Qué os trae por estos lares?
–Bueno, venimos conversando sobre el mundo del arte, sobre coreografías, músicas, bailarines…de lo nuestro.
En la conversación, como en tantas otras cosas, eran insuperables. Podías estar horas con ellos y aprender más y más: su sabiduría vital era comparable a cualquier gran pensador y eso, créanme, es impagable.
–¡Ah, claro! Cuando dos artistas se juntan, ya se sabe – añadí. –¿Os acordáis el día de mi boda cuando…?
No pude acabar la frase… Me desperté del espejismo, de un sueño muy real. El paseo llegaba a su fin. Era momento de volver a casa porque el sol había decidido bajar el telón de su representación diaria y una noche azulada aguardaba tras las azoteas silenciosas para desplegar sus alas impregnadas de serenidad.

“Motivar el alma de una persona es lo importante y eso quedará impreso, nunca morirá (José Granero)”

Así era José Greller Friesel, José Granero, el “Maestro” como todos le conocíamos, nacido en Buenos Aires en 1936 y fallecido en Madrid en 2006. Bailarín, maestro, coreógrafo y director de compañías, fue un gran motivador, creador, pensador… Harían falta páginas y páginas para hablar de su inmensa figura dentro del panorama de la danza española, una aventura que inició en su Argentina natal, en el Teatro Colón de Buenos Aires, participando desde niño en los ballets y óperas que allí se representaban. Tras una etapa en Estados Unidos donde aprendió los métodos del New York City Ballet o de la propia Marta Graham y se acercó a las danzas de la India de la mano de Hanya Holm, la vocación por la danza española llamó a su puerta embarcándose en la compañía de Roberto Ximenez y Manolo Vargas, hasta entonces primeros bailarines con Pilar López. Ya en España trabajó en las compañías de Luisillo, Mariemma y la citada Pilar López, una de las personas que más influyó en su vida. Al dejar su carrera como bailarín en activo comenzó una larguísima y exitosa carrera como maestro, coreógrafo y director.

El Maestro José Granero – Por cortesía de Javier Palacios

Recuerdo sobre los años 80’ admirar, junto a mi madre, algunas de sus clases en los estudios de Amor de Dios –su centro de operaciones en Madrid–, un lugar donde a partir de 1965, año en que coreografió Don Juan para Antonio Gades, todos los bailarines prácticamente “hacían cola” para asistir a sus lecciones magistrales con unos ejercicios de suelo larguísimos y sin música que han pasado a la historia –seguro que muchos de sus cientos de alumnos y alumnas lo recuerdan, ¿verdad?–Es a partir de esta producción estrenada en el Teatro de la Zarzuela cuando inicia a trabajar como coreógrafo para producciones de ópera, zarzuela, cine y televisión, así como para el Ballet Antología, el GIAD y el Ballet Español de Madrid, una compañía bajo el modelo de cooperativa que él mismo fundó en 1981 y que supuso una renovación en los cánones estilísticos de la danza española de la época, contando entre sus filas con ilustres bailarines como José Antonio, Julio Príncipe, Merche Esmeralda, Candy Román, Carmen Villena o Lario Diaz, un proyecto que reeditó diez años más tarde con gran éxito, con nombres de la talla como Antonio Marquez, Luis Ortega, Javier Palacios o Emilio de Diego.

Su originalidad y creatividad quedan reflejadas a lo largo de su dilatada carrera con brillantes coreografías creadas para diferentes compañías como el citado Ballet Español de Madrid, el Ballet de Murcia, el Ballet del Teatro Lírico Nacional, el Centro Andaluz de la Danza, del que fue director, o el Ballet Nacional de España. Y solistas como Antonio Gades, Manuela Vargas, José Antonio Ruiz o la mismísima Maya Plisetskaya, entre otros, fueron inspiración para algunas de sus creaciones más ovacionadas como La Alborada del gracioso, Maria Estuardo, Homenaje a Ravel, Bolero, Leyenda, Sinfonía Española, Hamlet, La Petenera, El Sur, La Gitanilla y, su obra cumbre, Medea.

Medea – Por cortesía de Javier Palacios

Y me gustaría detenerme en esta última. Contaba con catorce años cuando pude asistir a parte de los montajes y ensayos en el Teatro de la Zarzuela casi desde las primeras filas del patio de butacas. Recuerdo al Maestro estar atento al mínimo detalle, explicar cada gesto, cada movimiento a Manuela Vargas, Antonio Alonso, Victoria Eugenia, Juan Quintero, Maribel Gallardo…hablar con Miguel Narros, autor del libreto y la dirección de escena, con Manolo Sanlúcar, compositor de una maravillosa música o Andrea D’ Odorico, diseñador del decorado.

Todo parecía estar bajo control con su carisma entrañable y una personalidad arrolladora que atrapaba a los propios artistas y a todos los que asistíamos ensimismados a los ensayos. Una obra sin igual, la tragedia griega de Medea, Jasón y Creúsa en los paños de bailarines flamencos con un lenguaje innovador que hoy en día sigue más vigente que nunca, siendo la obra más representada del teatro danzado español y que, en 1984, llegó a ser premio al mejor ballet del año en el Metropolitan de New York. “El arte de la danza sobrevivirá mientras lo haga el ser humano”. Y su arte, su danza, sobrevivirá mientras lo haga el ser humano. ¡No me cabe la menor duda!

Sinfonía española – Por cortesía de Javier Palacios

A un verdadero hermano

 

Recuerdo que la primera vez que vi a Fernando Bujones bailar en directo fue en 1984. Había sido invitado por Dña. María de Ávila, directora del Ballet Nacional Clásico, para actuar junto a Cynthia Gregory en el Don Quijote pas de deux y El cisne negro pas de deux. Era el mismo año 1984 cuando recuerdo que al terminar la actuación entré entusiasmado para que Fernando me firmara el programa como si de un Messi o Ronaldo se tratara. Parecía que el destino estaba escrito en ese autógrafo porque años más tarde, en 1991, tuve la suerte de conocerlo, esta vez más de cerca, durante su estancia en Madrid con el Ballet de Boston. Ahí comenzaría una increíble amistad que para mí llegó a ser como la demostración de contar con un verdadero hermano. Su humanidad, su sencillez y su simpatía me permitieron admirar de inmediato a un ser humano, tan grande o más que el artista, que indudablemente lo fue.

Alessandro Pierozzi con Fernando Bujones

La trayectoria de Fernando Bujones es difícil de resumir. Estadounidense de origen cubano, nacido en Miami en 1955 y fallecido en la misma ciudad en 2005, su formación y su carrera la desarrolló básicamente en los Estados Unidos, desde que con doce años entró con una beca al American Ballet Theatre donde completó sus estudios con Stanley Williams y André Eglevsky; también en su formación jugó un papel fundamental, como coach, su prima, Zeida Cecilia Mendez. En el año 1974 se convirtió en el primer bailarín norteamericano en ganar la competición de Varna (Bulgaria), uno de los concursos de danza con más prestigio en el mundo en aquella época, lo que significó un salto definitivo en su carrera artística al ser nombrado de inmediato solista del ABT, en paralelo a la llegada de Mikhail Baryshnikov, lo que elevó la categoría artística de la compañía a extremos superlativos. ¡Creánme, poder visionar los videos de las actuaciones de esos años ha sido todo un privilegio! Desde entonces los éxitos se sumaron a lo largo y ancho del mundo, bailando los principales roles del repertorio clásico en compañías tan prestigiosas como el Stuttgart Ballet, el Royal Ballet, el Royal Danish Ballet, el Ballet de la Ópera de París o el Boston Ballet y actuando con solistas de la talla de Margot Fonteyn, Natalia Makarova, Carla Fracci, Cynthia Gregory o Marcia Haydee. Su capacidad de trabajo, sus dotes técnicas, su feeling en el escenario y su talento le permitieron, entre otras virtudes, ocupar un lugar de honor entre los artistas más grandes en la historia del ballet.

Recuerdo la noche en que se despidió del escenario y el público del Metropolitan Theatre en el papel de Albrecht en Giselle. Fue en una noche mágica de 1995, con más de veinte minutos finales de entusiastas ovaciones que parecían resumir toda una vida de sacrificio, perfeccionismo, éxitos, amor a la danza y saber estar. Porque esos valores los representaba Fernando Bujones. Tras el cierre del majestuoso telón del teatro y todavía maquillado y sudoroso nos recibió a toda la familia en el escenario presentándonos a los invitados que allí se congregaban como su “familia española, que había viajado desde tan lejos para verle bailar” en la que fue su casa durante tantos años. Hace veinticinco años de aquello, pero sigue presente en la retina de mis recuerdos más entrañables y nunca lo olvidaré.

De él quedará su honestidad y rectitud personales, su carácter afable y desenfadado y su respeto no exento de exigencia hacia los bailarines como demostró en su faceta como director de los Ballets de Monterrey, Mississippi, Orlando o en su experiencia en España con el Ballet Clásico Mediterráneo, una idea que puso en marcha, junto a Ángela Santos, para dar oportunidad a jóvenes promesas de la danza en España, un proyecto que tuve la suerte de ver crecer y de ser partícipe, a pesar de las dificultades que presentaba a todos los niveles –y sigue presentando– el panorama de las compañías de ballet en España.

Con muchas de estas vivencias y con unas cuantas más es con lo que quiero quedarme. Permítanme añadir un gracias. Gracias Fernando por tu arte y por haberme abierto la puerta de tu amistad: no fuiste un simple amigo, fuiste un hermano.

Fernando Bujones en Giselle

Y el año que viene, volverá a ser 9 de marzo…

 

…Y un año más volveré a celebrar la onomástica de estas dos maravillosas personas. Quizás salga a pasear y vuelva a encontrármelos a la vuelta de cualquier esquina de este Madrid castizo y acogedor, hablando de sus cosas o marcándose unos pasos de Medea, Paquita, La Gitanilla o Don Quijote y riéndose como solo saben reírse los genios…quien sabe. ¡Hasta el año que viene, queridos!

 

* Las fotos del Maestro Granero y de sus coreografías son cortesía de Javier Palacios
** Las fotos de Fernando Bujones fueron un regalo del propio artista para mi archivo personal

Pin It on Pinterest