Reencuentro

18 de septiembre de 2020, un año atípico. Una fecha señalada en mi particular calendario, ese que, desde el mes de marzo, intenta avanzar en paralelo a una realidad que parece viajar a otra velocidad, quizás a ninguna parte o al menos en sentido contrario al día a día que habíamos previsto aquella última noche de diciembre de 2019, mientras nos atragantábamos con las uvas al calor de unas campanas tan solemnes como entrañables y de la típica copa de champán.

Sí, 18 de septiembre. Una fecha, ¿una más? La esperaba como “agua… de septiembre”, como si lo que fuera a producirse esa misma tarde fuera la primera vez que mis sentidos lo verían, lo escucharían, lo gozarían, lo recordarían como se recuerda el primer beso de amor o el momento en que te dicen “tu hija ha nacido” y la envuelves en tu regazo con una emoción inimaginable.

Y como todo lo bueno se hace esperar, no lo fue menos llegar a las 19.30 horas de esa fecha marcada con rojo-pasión en mi particular calendario. Objetivo: el Auditorio Nacional de Madrid. En concreto, el primer concierto al que iba asistir en directo tras los meses de confinamiento y avance de una pandemia que había irrumpido como una explosión de desasosiego: ¿mal sueño o abrupta realidad?

©Rafa Martin

Días previos

La dificultad estuvo en los días anteriores a esa fecha, centro de la diana. Y, en concreto, al hecho de conseguir las entradas, algo que hoy en día parece tan banal y tecnológico como es hacerse con la posibilidad de asistir a un acto cultural cuando uno quiera, a través de un teclado, una pantalla y un dinero plastificado que viaja a través de millones de autopistas en forma de cables para llegar al destino deseado. A causa de las normativas sanitarias dictadas para la celebración de eventos, no pude adquirir las localidades hasta apenas dos días antes del concierto, lo que me creó cierta inquietud –debo confesar que pensé en quedarme literalmente “a las puertas”–, ya que según rezaban los avisos “había que reorganizar los asientos para cumplir con dichas medidas”. Me apetecía mucho asistir y todo se me presentaba como una película surrealista o neorrealista: “¿De verdad esto está pasando? Quedan pocos días para que la Orquesta y Coro Nacionales de España toquen junto a Javier Perianes en Madrid y ¿no hay ni rastro de la venta de entradas?”

Pregunté por varios canales y la contestación fue siempre la misma: “Se está trabajando en una nueva distribución de las butacas para cumplir con los protocolos impuestos”. Finalmente, dos días antes del evento, el 16 de septiembre, pude hacerme con ellas. Qué felicidad. Pareciera como si la mágica noche de Reyes se hubiera anticipado a tiempos peores y los magos de Oriente hubieran cumplido mi deseo de volver a disfrutar en directo de la música, de los músicos, de los aplausos y no del sucedáneo virtual. Me sentía como un chico con zapatos nuevos.

©Rafa Martin

Llega el día

El día color ceniza cedió el paso al sol de un otoño tostado, que quería acompañar con su sonrisa la apertura de las puertas del coliseo capitalino. El protocolo no dejaba lugar a dudas: entrada organizada por puertas diferentes, según la localidad fuera impar o par, por filas y con distancia entre los espectadores, gel hidroalcohólico a la entrada, continuos avisos por megafonía como si de una fábrica por turnos se tratara, corrillos de asiduos melómanos que parecían evitarse entre sí, como si, refugiados tras sus variopintas mascarillas, elegantes tupés y tacones de soireé, tuvieran prisa por reencontrarse con su butaca con cara de “¿habrán respetado nuestro abono?” o “¿vendrá Agustín con Encarna?: hace mucho tiempo que no sé nada de ellos”… jóvenes estudiantes con partitura y lápiz bajo el brazo, rezagados que pedían un programa de mano –ay qué tiempos aquellos de programa y propina a los acomodadores de traje azul marino e impolutos guantes blancos– o padres y madres con sus hijos ¬que solo querían (re)vivir la emoción de la música #live. Dentro de esta “nueva normalidad musical”, todo representaba un pequeño milagro. Las manecillas de nuestras vidas parecían descongelarse de esa especie de hechizo silente en el que habíamos estado sumidos durante meses, despertando de ello algo confusos, sorprendidos…automatizados.

©Rafa Martin

Silencio en la sala

Tras tomar asiento y no poder saludar con el habitual “buenas tardes” al vecino o vecina de turno, debido a la “distancia interpersonal” entre butacas –qué termino más horrible–, lo que más me sorprendió fue el respetuoso y emocionado silencio del público mientras se acomodaba en la sala, que continuó durante la afinación del concertino y el oboe, y al que se arrimaron de forma anómala las tan molestas toses, roncas y pegajosas, y los tintineantes móviles: algo diferente se respiraba –y nunca mejor dicho– allí dentro. Quizás fuera la presencia en el escenario de músicos “enmascarillados”, las sillas distanciadas entre sí o los instrumentistas de viento y percusión rezagados tras unas mamparas de ¿metacrilato o plástico? No lo sé.
Todo estalló con una intensa y sentida ovación –todos a una– cuando, desde la escalerilla lateral que se eleva desde los camerinos hacia el escenario, emergieron mi admiradísimo Javier Perianes y el director de la ONE, David Afkham. Las miradas cruzadas entre los espectadores, los protagonistas, el personal de la sala, hasta entre las paredes y las lámparas de la sala, que parecía haber adquirido vida propia en estos meses, parecían querer abrazarse, pero no era lo aconsejable. El concierto estaba a punto de comenzar. El silencio helador volvió a reproducirse hasta que la batuta del maestro alzó su primer aliento al viento para dar rienda suelta al lenguaje de las partituras que descansaban sobre los atriles.
De repente, la maquinaria se puso en marcha: la expresividad, lánguida y aflamencada de Perianes, tocando La noche en los jardines de España de Falla, el rigor del maestro Afkham sudando como un auténtico cirujano musical, la coordinación de un coro, desperdigado por los anfiteatros superiores con sus lucecitas para poder leer y aplicando su buen hacer para saltarse el confinamiento al que están sometidas sus bocas y gargantas, llevando en volandas la Fantasía para piano, coros y orquesta, op. 80 del homenajeado Beethoven y, la Orquesta Nacional, un conjunto fiable, potente, sensible que mostró su poderío en tan extrañas circunstancias con una tarde-noche notable, y cuyo colofón llegó con la Sinfonía nº 1 del maestro de Bonn. La mano en el corazón del director de la formación y su cara de satisfacción por cruzar la meta, así los ojos vidriosos de muchos de los protagonistas y los “bravos” de los presentes resumen lo que significó poner en pie este concierto y vivir su intensidad bajo el lema de #CulturaSegura, algo a lo que, lamentablemente, creo que deberemos acostumbrarnos a partir de ahora.

©Rafa Martin

Ganas de volver

Las luces se encendieron y la megafonía volvió a recordar que nadie tenía el privilegio de levantarse antes de tiempo. Los aplausos generosos taparon la fuga de algunos nostálgicos (por no tildarlos con una grosería) de escaparse por los pasillos laterales y centrales, y que recibieron la reprimenda de los acomodadores, perfectamente organizados en cada una de las salidas. El orden y la rapidez con que se desalojó el templo madrileño de la música fue digno de admiración; tampoco se permitió permanecer en el hall para saludar a alguno de los protagonistas como era costumbre hasta entonces, así que las calles adyacentes se llenaron de inmediato de ilusionados corazones, que se desperdigaron entre saludos y sonrisas hacia los distintos medios de transporte que los devolverían hacia sus respectivos domicilios.

La noche acababa de forma redonda. Había merecido la pena esperar a ese 18 de septiembre. Una alegría después de tantos meses: ¡por fin! Mi agradecimiento a un ilustre Javier Perianes, que cada día toca más bonito, a la Orquesta y Coro Nacionales de España, siempre más en forma y a dos tipos que “andaban por el ambiente”, llamados Falla y Beethoven. ¿Qué más se le puede pedir a la vida?

¡Ojalá la música fuera el mejor tratamiento para esta bestia maldita que nos invade! Ojalá.

©Rafa Martin

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