He decidido salir a dar un paseo, en una tarde gris, apocada y melancólica. Y he pensado que el movimiento de mis piernas lo acompasara una de las tantas “bandas sonoras” de mi vida, la “banda sonora” de un compositor sin igual: Rachmaninoff (o Rachmaninov). No es un apellido cualquiera. Siempre me ha provocado, como persona y como músico, un interés que va más allá de la mera anécdota o el conocimiento superfluo. Con esa mezcla de admiración y misterio con el que uno, a veces, se acerca a genios de este calibre, el encuentro juvenil con su música –el Concierto para piano y orquesta nº2– fue tan impactante que se convirtió como en una obsesión que me llevó a profundizar más en su biografía, su arte o su filosofía vital. Comencé a leer e investigar datos sobre su vida, viajes, pasiones, tristezas, obras…, reuniendo monografías en diferentes idiomas, ya que en España apenas se han publicado algunos estudios y biografías.

Todos coinciden en mostrar a un ser introvertido, modesto, alto, delgado y de tez pálida al que la vida no se lo puso nada fácil, con una suma de éxitos y refugios, viajes de ida y vuelta, tesón y talento, elementos todos que ayudaron a forjar un carácter algo pétreo en cuanto a la imagen proyectada, pero de genialidad, ambición, timidez y bondad interiores inigualables. Su entrega al arte y, al mismo tiempo, a su familia y su amor a la patria rusa fueron leitmotiv a lo largo de su vida, cundiendo con el ejemplo hasta el final de sus días. En resumen: una persona íntegra, seria, maravillosa.

Sus comienzos​

 

El pequeño Sergej, nacido en las campiñas del norte de Rusia (Novgorod, 1873), se crió en un ambiente familiar dividido entre la “obligación” de todo buen ruso en seguir los preceptos militares para honrar a la patria y las excelencias del mundo de la música –el abuelo fue alumno de John Field, el creador del Nocturno–. Nuestro pequeño héroe dejó claras sus habilidades pianísticas y compositivas desde muy temprano, aunque su carácter juvenil, algo rebelde, no fue fácil de gestionar por parte de la familia, destacando la figura de la abuela como apoyo fundamental a lo largo de su formación académica y personal.

Son muchas las anécdotas sobre sus excelentes cualidades como la que narra el profesor Alejandro Goldenweiser1: “Las especiales dotes musicales de Rachmaninoff y su habilidad creadora superaban las de cualquier otro de los por mí conocidos, aproximándose a lo maravilloso, algo similar a lo que debía ocurrir con Mozart, en la juventud de este. Era notable la rapidez con que memorizaba composiciones nuevas. Recuerdo que cierta vez Ziloti le recomendó que estudiase las conocidas Variaciones de Brahms sobre un tema de Händel.

Esto ocurría un miércoles, y no habían transcurrido tres días cuando Rachmaninoff las tocaba ya como un maestro. Siempre se ejercitaba en tocar de memoria todo lo que oía, sin reparar en el grado de dificultad”. Tras formarse en el Conservatorio de San Petersburgo, en la escuela de Zverev o en el Conservatorio de Moscú con Ziloti –a quien dedica su Concierto para piano y orquesta nº 1–, donde consiguió la Gran Medalla de Oro componiendo Aleko, una ópera de un acto basada en el poema Los gitanos de Pushkin y rodeado de personalidades como Tchaikovsky, al que admiraba profundamente, Scriabin, Safonov, Arenskij, Busoni o Taneev, comenzó una carrera meteórica.

¡El magnífico (o dichoso) Preludio en Do# menor!

 

Es el verano de 1892 cuando interpreta en la Exposición Eléctrica de Moscú una pieza que será santo y seña a lo largo de su carrera como solista –en ocasiones pensaba que lo perseguía a todas partes, una obsesión–, el Preludio en do sostenido menor, incluido en las 5 Morceaux de fantaisie, Op. 3. “Me movieron cuarenta rublos a componerlo. Mi editor Gutheil me había ofrecido doscientos rublos por cinco piezas breves para piano, y ese preludio fue una de ellas”, confesó sin pudor siempre el maestro. ¡Y pensar que nunca lo registró en la propiedad intelectual!¡Cuanto dinero hubiera ganado cada vez que era tocado por pianistas de todo el mundo! Son años en los que compone obras tan representativas como La Roca, dedicado a Rimsky-Korsakov, Fantasie-Tableaux, Suite nº 1, Op. 5, Morceaux de Salon, Op. 10 y el Trio élégiaque nº 2, una partitura cuyos pentagramas, pequeños cofres de emociones, fueron escritos bajo el signo de la depresión tras conocer la muerte de su admirado amigo Tchaikovsky, del mismo modo que este último hizo cuando dedicó su Trío para piano, violín y violonchelo a la memoria de Nicolás Rubinstein. Obras geniales, únicas pero siempre a la sombra del ¡magnífico (o dichoso) preludio!

Un giro inesperado

 

A pesar de que Glazunov nunca fue considerado un gran director y tampoco simpatizó demasiado con la obra de Rachmaninoff –se cuenta que, en 1932, este le dedicó su Cuarto Concierto para piano y orquesta, regalándole la partitura y que aquel la olvidó en un taxi de París sin mostrar ningún disgusto al respecto–, el maestro le invitó a dirigir su Primera Sinfonía. Es el 15 de marzo de 1897 y San Petersburgo asiste a un desastre sin precedentes.

La obra es objeto de un pésimo recibimiento por parte del público y la crítica, como en el caso del compositor Cesar Cui, uno de los miembros de Los Cinco, quien llegaría a afirmar: “Si en el infierno hubiese un conservatorio y a uno de los estudiantes de más talento se le encomendase la tarea de componer una sinfonía basada en la historia de las siete plagas de Egipto, y la sinfonía de él se asemejara a la de Rachmaninoff, habría cumplido brillantemente su labor sumiendo en el éxtasis a los habitantes del infierno”. Durísimas palabras para un abatido Sergej quien esa noche confesó pasar “la hora más angustiosa de mi vida, debido a las discordancias que me torturaban sin remisión”. No le aliviaron tampoco las palabras algo más matizadas del maestro Rimsky-Korsakov quien le comentó: “Perdóneme usted si en esta música no todo me resulta agradable”. Una obra que, cincuenta años más tarde, fue rescatada del olvido por la Filarmónica de Filadelfia con Eugene Ormandy para ser incorporada al repertorio habitual de la orquesta, a pesar de reconocer que no dejaba de ser más allá que “una buena obra de juventud”.

Pero tras las tinieblas siempre llega la luz. Y así fue. A pesar de la alegría de contar en su círculo de amigos con nombres de la alcurnia de Scriabin, Chekhov o Tolstoi, la crisis existencial seguía presente en su día a día hasta que apareció en escena el Doctor Dahl. Este psiquiatra y violinista utilizó técnicas de recuperación anímica para curar al maestro con una fórmula que se demostró milagrosa: largas charlas en las que repetía una y otra vez frases motivadoras como “Usted empezará a escribir su Concierto […] Usted lo escribirá sin dificultad y será un éxito”. Tras un viaje por Italia, a la localidad costera de Varazze (Savona) y a Milán, no exento de dificultades por la desordenada vida de los italianos y por la aparición de brotes depresivos, nacía el celebérrimo Segundo Concierto para piano y orquesta, op. 18.

Concierto nº 2 para piano y orquesta, op.18

 

Es un concierto maravilloso, único, que forma parte del repertorio de muchos de los grandes pianistas de la historia. Infinidad de versiones y grabaciones inundan el panorama musical y su mensaje, tanto a nivel técnico como estilístico, es objeto de cientos de estudios, artículos y críticas. Estamos ante una partitura colosal, muy popular, que no debe nublarnos la vista hacia el resto de la obra del compositor que es ingente y, en la mayoría de casos, excelente: el Concierto nº 3 para piano y orquesta –tan complejo o más que el segundo e igualmente bello, en mi opinión–, Preludes, Etudes-Tableaux, Rapsodia sobre un tema de Paganini, Cello Sonata, op.19, Variaciones sobre un tema de Corelli, Vocalise, la Sinfonía nº 2 –su mejor obra sinfónica–, Danzas Sinfónicas, La isla de la muerte, su obra religiosa…

Tras la breve estancia en Italia, retorna a Rusia y termina de componer el segundo y tercer movimientos que había esbozado en su viaje. Para palpar las sensaciones que describen las notas de estos movimientos, decide estrenarlos en público el 2 de diciembre de 1900, en un concierto benéfico a favor de los prisioneros de guerra, cosechando un éxito apabullante. Según afirma Victor Seroff en su biografía Rachmaninoff, editada en España por Espasa-Calpe en 1955, fue el musicólogo Sabaneyeff quien le comunicó al maestro que el segundo tema del cinematográfico último movimiento era, en origen, de Morozov, amigo y discípulo de Rachmaninoff, quien tomó intencionadamente la idea como suya afirmando que “esa melodía era tan buena que me hubiera gustado componerla” a lo que Morozov, que le idolatraba con pasión, le contestó sin dudar: “Bien, ¿y por qué no la tomas para ti?”
Es así como, aupado por el buen recibimiento de la obra inconclusa, se recluirá a componer el primer movimiento, presentando el concierto completo en Moscú el 27 de octubre de 1901 con él como solista y Alexander Ziloti en la dirección orquestal.

A pesar de la repercusión tan positiva que tuvo dicho estreno, Rachmaninoff no las tenía todas consigo unos días antes del concierto, tal y como le confiesa al propio Morozov en una carta: “Acabo de tocar el primer movimiento de mi Concierto y solo ahora se ha hecho claro para mí que la transición del primero al segundo motivo está lejos de ser buena, y que tal y como está ahora, el primer tema no es el primer tema, sino una introducción […]; Siento que todo el primer movimiento está arruinado, y desde este instante se ha convertido para mí en algo repulsivo. Estoy sencillamente desesperado”. Esos miedos, esa mirada introvertida, esa imagen gris que siempre transmitía y que podemos ver en muchas de sus fotos, esa seriedad y calma que aparece tanto en los éxitos como en los fracasos, en la vida personal o en la profesional, formaban parte indisoluble de su identidad, de su forma de ser, de su genialidad y eso nadie lo iba a cambiar.

Europa y Estados Unidos: el Concierto nº 3 para piano y orquesta, op. 30

 

Resumir la vida personal y artística del Sr. Rachmaninoff no es tarea sencilla. Sus continuos viajes, su salida de Rusia a causa de la Revolución de 1917, las dos guerras mundiales, sus enfermedades y las de su familia… sus contratiempos económicos o sus indecisiones sobre su carrera musical que le llevaban a reflexiones del tipo: “Nunca podré decidir cual es mi vocación verdadera, si debo ser compositor, pianista o director de orquesta. A veces se me ocurre que debería haber sido solamente compositor y otras pienso que soy solo un pianista. Ahora, cuando la mayor parte de mi vida ha pasado ya, me siento confuso por la idea que por haberme dispersado en tantos terrenos no llegué a encontrar mi auténtica vocación”.

El talento como solista de piano le llevó a las más altas cotas del éxito, pero también su faceta como compositor se ha demostrado que no le quedó a la zaga. Una carrera imparable de más de cincuenta años, tan abrumadora y agotadora que, vista desde la distancia en el tiempo, pudo suponer un círculo vicioso, el punto de partida hacia el final de su existencia. Todas las salas se rendían a sus pies: conciertos en Londres, en Viena, en Suecia, en Dinamarca, en París… Estados Unidos. Su arrolladora personalidad, su técnica endiablada y, sobre todo, un estilo propio, único que había ido forjando con el pasar de los años, le encumbraron al estrellato. Idas y venidas, contratos, ensayos, conciertos, trabajo y más trabajo, música y más música, que es lo que más le satisfacía, le pasaron factura.

Los Estados Unidos le habían recibido con gran expectación, en 1909, para su concierto con la Sinfónica de Nueva York, dirigida por Walter Damrosch, interpretando el Concierto nº 3 que el autor se había afanado en terminar para su gira estadounidense. Aunque las críticas no fueron muy benévolas al compararlo en todo momento con el segundo concierto, sí abrieron la puerta a reconocer su enorme talento interpretativo y creativo, lo que le sirvió para conquistar el mercado norteamericano con numerosas giras a lo largo y ancho del país.

Despedida

 

Y es precisamente allí donde transcurrió los últimos años de su vida, entre conciertos y clases, acordándose siempre de su adorada Rusia, ayudando desde la sombra con obras benéficas a los necesitados –llegó a donar en varias ocasiones los emolumentos de sus conciertos a asociaciones de ayuda al pueblo soviético–, preocupándose por la situación de su hija Tatiana y su nieto que habían permanecido en Francia y luchando contra una grave enfermedad que apagó definitivamente su luz en Beverly Hills el 28 de marzo de 1943, a la edad de 70 años.

Termina mi paseo y el frío cae sobre la ciudad: gracias por tu compañía, querido Sergej.
¡Tu música, nunca terminará!

 

– Zitovich: Rachmaninoff. Colección de artículos y material. Moscú, 1947. Citado por Victor Seroff, Rachmaninoff. Espasa Calpe, pp.51.

– Los testimonios recogidos pertenecen al libro Rachmaninoff de Victor Seroff, editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1955

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