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Hace tiempo tuve la ocasión de comentar para una revista especializada, un disco, Fractales, del extraordinario trompetista Pacho Flores. Desde entonces, tanto el instrumento como el intérprete me tienen enganchado hasta el punto de querer escribir este merecido elogio a ambos, a propósito de una grabación en directo en el Palacio de la ópera de A Coruña, de 2018, que el propio Pacho realizó junto al director venezolano Manuel Hernández-Silva y la Real Filharmonia de Galicia para el prestigioso sello Deutsche Grammophon.

En la variedad está el gusto, y el repertorio que se aborda es un claro ejemplo de ello: del más puro clasicismo del checo Johann Baptist Georg Neruda al Invierno porteño de Piazzolla, pasando por la famosa Aria de las Bachianas de Villa-Lobos o los ritmos populares venezolanos de Cantos y Revueltas, un auténtico tour de force de técnica y expresividad, compuesto por el propio Flores. He aquí que la trompeta se presenta ante el público tal y como es, desnuda como el metal por el que reluce, cristalina como el agua marina de nuevos horizontes, cálida como un atardecer brasileño y radiante como un joropo venezolano, marcial y disciplinada o delicada como un tango porteño de seda. Y a todos y por todos estos caminos nos adentra Pacho Flores. Su dominio del instrumento es abrumador, la capacidad rítmico-melódica es indiscutible y el gusto…¡ay, el gusto es nuestro de escucharle, Sr. Flores!.

Para esta preciosa aventura musical se rodea de auténticos MÚSICOS, con mayúsculas. La armonía entre todos los actores se palpa desde la primera hasta la última nota y así se transmite en los solos –destacar en este apartado, además de la trompeta, la pimpante aparición del joven Leo Rondón tocando el cuatro venezolano–, así como en los momentos en los que el conjunto, la Real Filharmonia de Galicia,  toma la delantera o acompaña desde una segunda línea de manera efectiva, siempre con la intensidad justa, con una sección de cuerda cuasi “metronómica”, que, en el concierto de Neruda, transmite ese aire tan cortesano de miriñaques y pelucas y una melancolía cinematográfica en las obras de Villa-Lobos o Piazzolla , todo ello dirigido con la sabia experiencia y mano maestra del maestro Manuel Hernández-Silva, quien hace hablar venezolano a la orquesta y nos transporta desde al ambiente caribeño a la pulcritud de la alta Bohemia con una lectura sencilla, diáfana de las partituras, de las notas…sin más. Se nota frescura, complicidad, ritmo encendido –muy destacable la pieza El diablo suelto de Heraclio Fernández con la participación del director como percusionista– y emoción entre los protagonistas. En dos palabras: lo viven y, de la misma forma, lo transmiten en todo momento al público-oyente.

Otro apartado merece la irrupción por todo lo alto de Pacho Flores como compositor en el mundo sinfónico, con sus preciosos y precisos Cantos y revueltas, que dan título al disco. Una fantasía concertante para trompeta solista –llega a utilizar tres tipos de trompeta con cuatro pistones– y orquesta, repleta de mestizaje, en la que aparecen las influencias de los cantos de trabajo del campo venezolano, derivados de los antiguos cabestreros españoles, así como las Revueltas, una variante del jovial joropo autóctono, entroncado con el fandanguillo español –se dice que hay más de trescientas variantes del joropo–, elementos con los que el ilustre intérprete quiere visibilizar la herencia de lo popular, de sus raíces adornadas, en este caso, de sinfónico. Valses elegantes, salsa, improvisación y hasta una fuga a cuatro voces se entremezclan en una obra repleta de eclecticismo. Y el resultado, creánme, es extraordinario.

Un disco para disfrutar, un instrumento por descubrir, para quien no lo haya hecho ya, y un solista fuera de serie. Los ingredientes están servidos. ¡Que suene la música!

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