En más de una ocasión he imaginado adentrarme en un viaje imaginario que recorra mundos fantásticos, abrace tierras y mares, sueñe con personajes infinitos o recuerde tiempos efímeros saltando sobre las manecillas de un reloj antiguo que giran sin parar en sentido contrario. Todo ello podría caber no solo en mi mente sino en la de un gran mago, un “renacido” humanista…o en la de cualquiera de ustedes cuando se escucha un disco como el Lament de la Terra del pianista y compositor Albert Guinovart. “¡Pasen, pasen y vean, mayores y pequeños!… Déjense arrastrar por la ilusión de bellas melodías, notas de misterio, toques marciales o nostalgias Art Deco. ¡Quedarán gratamente sorprendidos!”. Si de algo puede presumir el músico barcelonés, entre sus muchas virtudes artísticas, es la de conocer al dedillo mucho del repertorio y variados registros musicales para amalgamarlos en sus composiciones con marca de la casa. Su faceta de gran arreglista y orquestador le facilita la labor a la hora de transmitir esas ideas porque mezcla en ellas múltiples tempos, armonías tonales y atonales, melodías cinematográficas, ritmos jazzísticos, del lejano Oeste o la Semana Santa, clarividencia y contraposición en el uso de solistas y/o conjunto…

La frase introductoria del nuevo poema sinfónico El lament de la terra es de por sí una clara declaración de intenciones. “¡Pero si es el inicio de La canción de la tierra de Mahler! ¡Sí, sí, no estoy loco! Guinovart lo arregla y lo adapta impecablemente, sin distorsiones y con extremo respeto. Trompas al aire, trompetas cuasi militares, trombones profundos, percusión curiosa y angustiada, maderas en marcha y cuerda “tchaikovskiana” para anunciarnos, en modo hollywoodiense, que tenemos una tierra herida, sufridora, aunque repleta de audacias y recursos, de alegrías y nostalgias, de emociones y esperanzas. Bellísimo el tema y cadencia finales que no tienen nada que envidiar a alguno de los grandes hits cinematográficos de John Williams, Hans Zimmer o Danny Elffman. Su Tercer concierto para piano y orquesta, subtitulado “Les mans del vent” (Las manos del viento), parece enlazar con la primera obra, como si el compositor no se hubiera querido despegar de su silla y del papel pautado (o IPad) en una auténtica borrachera compositiva. Escríta a la manera clásica, la partitura incorpora todos los ingredientes “made in Guinovart”, con un pianismo convincente, técnico y dinámico y una orquesta brillante, plena, contrastante. No debemos olvidar que su faceta de pianista clásico es una de sus grandes cartas de presentación con inolvidables interpretaciones que van desde Chopin a Granados, de Beethoven a Rodrigo. Por ello, su depurada técnica le permite mostrar con convicción su música, su discurso que de inicio pudiera parecer sencillo, algo repetitivo, pero nada más lejos de la realidad. El segundo movimiento es, en mi opinión, la cima del disco. El modo en que refleja la melancolía y la alegría es, simple y llanamente, sensacional. Lirismo lacrimoso y lenguaje casi circense se mezclan a partes iguales en los compases de este segundo acto del Concierto. Me recuerda el mensaje que transmite ese Vesti la giubba de Pagliacci de Leoncavallo en el que el payaso debe poner su mejor cara ante el público, mientras se derrumba en camerinos. La última obra que forma parte de este trabajo, producido por Sony Classical, es lo que en principio se suponía iba a ser el primer movimiento de una sinfonía dedicada a Gaudí: El somni de Gaudí (El sueño de Gaudí). Como si cerrara la cuadratura del círculo se echa de nuevo en brazos de un lenguaje sinfónico tan descriptivo y complejo como convincente para homenajear a esa gran artista que llega a una metrópoli poliédrica, Barcelona, a ese anhelo de finales de XIX y comienzos del XX que se movería entre la modernidad y el respeto, entre lo concreto y lo abstracto, entre el arte y la naturaleza. Guinovart es un gran melodista y lo vuelve a mostrar con una preciosa ensoñación con la que parece describir colores, olores, cielos, arquitectura, gentes, pasiones, tristezas, naturaleza…

Para esta ocasión, el compositor pone todo su talento creativo en manos de una acertadísima Orquesta Sinfónica de Barcelona i Nacional de Catalunya, que muestra una sonoridad plena con unas cuerdas y viento bien empastados y una percusión puntual y fresca, todo ello dirigido, con mano maestra, por Diego Martin-Etxebarría.

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